Zahara lleva una temporada ya en su época ravera, esta era en la que ella pone bases de electrónica que dejarían a Charli XCX dándole de lamer un tacón a Stuart Price detrás de versos que son simplemente el señor de Saw diciéndote que tienes dos opciones para sobrevivir: o cortarte las venas mientras saltas con ellas a la comba o abrirte el cerebro y rellenarlo de traumas con stickers de Hello Kitty. Elijas lo que elijas, acabas dándolo todo con Spencer, su nuevo single.
Zahara no es ravera al uso, del mismo modo que tiene de cantautora lo que tengo yo de mecanógrafo de IBM: Zahara no es Rosa León, ni Rozalén, ni es Mari Trini. De ser algo, Zahara es Massiel dando vueltas con el fular en aquella celebración. Zahara es la amiga que te dice que va a montar un fiestón en su finca, pero termina puesta de monguis y hablando con Eduard Punset sobre si Kafka tenía o no razón y hasta qué punto son sus teorías aplicables en realidad.
Spencer te deja molido, te hace pensar en qué coño pintas aquí, qué haces con tu vida —que diría el clásico de Flores Raras (dadme de inmediato mi pensión)—, pero al mismo tiempo te deja sacudiendo la cabeza y los brazos como si fueras la Madonna de Nothing Really Matters. Esa misma que sostenía un bebé en brazos sabiendo que en realidad sostenía una bolsa de plástico. Ese nivel de disociación.
Zahara confirmó hace unos días que este no es un single suelto, sino el primer adelanto de su nuevo álbum, que en principio se publicaría un par de años —justitos— después de Lento Ternura.
Te han vuelto loca los celos por tu propia boca; eres tan rara que en Cisne Negro tú serías un pavo real; has soñado con estampar la guitarra en la cara a ese amigo que siempre va a tus fiestas con una al hombro.