Lo malo de ser Verónica Romero o Ainhoa Cantalapiedra, es que siendo personajes de ficción que abogan por llevar la fantasía a la realidad, nunca se tiene dinero suficiente como para hacer memeces que realmente simbolicen su nivel de delulismo. Por tanto, tener a una artista como Natalia Jiménez, que sí lo tiene y por tanto puede exprimir semejante derroche de surrealismo, es absoluto oro. Hemos aprendido a valorar como merece su nivel de absurdismo pop efervescente. Es como cuando vivíamos en el tamarismo, pero con acento mexicano impostado. El Jimenismo.

Uno de los capítulos delulu más recientes del Jimenismo fue aquel en el que a Natalia Jiménez la echaron de un restaurante en Los Angeles, Gigi’s, porque estaba gritando como una loca en una videollamada en mitad del local. Como sería el escándalo que estaba montando, que la artista de Cinco Estaciones -ah no, espera, wrong band– aseguró que había un grupo de mujeres a su lado que no fueron increpadas por los dueños aunque también estaban hablando. Claro, amore, no se trata de estar hablando, sino de cómo se está hablando. Y ya conocemos a Natalia Jiménez, no es precisamente Lydia Bosch en una convención de ASMR. La imaginamos delante del móvil, voz en grito diciendo “ESTEEEEEEEEEEEEEEEEE” mientras alguien a siete meses de distancia ponía los ojos en blanco.

La echaron de Gigi’s y ella aprovechó para montar una pantomima de acusaciones racistas en las que aseguraba que en el restaurante no les gustaba tener a gente latina como cliente y que sólo querían latinos en las cocinas. Y que por eso la echaron, claro, fue escucharla hablar en español y gritaron “build the wall!”.

Y ahora, bastantes meses después de aquello, Natalia ha tirado de ingenio delulu y cartera y ha vuelto a pasarse por Gigi’s, pero no para pedir la carta con el menú del día -la jornada, no el supermecado-, sino para colocarse delante de la terraza a cantar ‘El Rey’ con unos mariachi detrás. La voz lo más engolada posible, claro, y el moño bien tirante. No la echaron de la terraza también porque el gerente del restaurante estaría pensando “¿quién es esta demente? Bueno, mientras no pida monedas a los que están sentados fuera que cante lo que quiera”. Ella, orgullosa, pensaría “mira como mira, esteeeeeeeeeeeeeeee… mira como se acuerda de mí.”

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