La pasada semana, una corrección de las listas de ventas salvaban los muebles al debut del segundo álbum de Blas Cantó, ‘El Príncipe‘. El disco, que originalmente aparecía como #11 en lista, escalaba una posición hasta entrar en el top10 gracias a la suma de algunas copias que no habían sido recontadas. El otro gran beneficiado de la corrección fue su compañero de Auryn, Carlos Marco, cuyo grupo Mantra pasaba del #21 al #8 en la lista definitiva. El disco de la banda, ‘Epicentro‘, tenía varias ediciones pero Promusicae sólo había computado una de ellas.

La clave de ambos discos era su desarrollo en la segunda semana, una vez pasado el fervor de la llegada de la edición física, la suma de pre-orders y las firmas de discos presenciales. Mantra caía hasta el top40 de álbumes, pero BlasBlas desaparecía del top100 en apenas una semana.

Su álbum debut, ‘Complicado’, aguantó 48 semanas dentro de la lista de álbumes y terminaba vendiendo unas 15k unidades. Este segundo álbum rondará ahora las 1.000-1.200 unidades. Y no parece que vaya a sumar mucho más a largo plazo.

Vistos los datos, la pregunta es ¿dónde se ha quedado toda la gente que sí compró aquel primer disco? ¿Cómo hemos llegado a una situación tan drásticamente diferente a nivel comercial?

La debacle eurovisiva

La relación de Blas y Eurovisión es bastante curiosa. En el caso de algunos artistas del país (El Sueño De Morfeo, Las Ketchup, Edurne), la asistencia al Festival servía casi como de clavo ardiendo para sus carreras, pero en 2020 a Blas Cantó no le hacía ninguna falta la exposición festivalera. Venía de varios años en la boyband de mayor éxito del país, se había posicionado como el gran superviviente de la misma tras vender suficientes discos de su debut y tenía una aceptación mediática importante. Blas acudía a Eurovisión porque, a nivel personal, le hacía ilusión.

Pero llega el Covid-19 y la situación cambia drásticamente. El proyecto eurovisivo se alargaba desde el 5 de octubre de 2019, cuando se anuncia como a Blas como representante, hasta el 22 de mayo de 2021, cuando termina el Festival en el que actúa.

Prácticamente dos años de calendario en los que Cantó paraliza sus lanzamientos para enfocarse en el lanzamiento eurovisivo y además, dos años en los que fallece su padre y su abuela. Antes del propio Festival. Las prioridades de Blas y la visión que tiene de su participación cambian. Y se nota. Vaya si se nota.

Incapaz de parar la maquinaria mediática que precede a Eurovisión, Blas arrastra su mal ánimo hasta la emisión del Festival, y pasa allí unos días con la peor estrategia posible: trata de transformar su candidatura, ‘Voy A Quedarme’, en el homenaje a su abuela que no es. La letra no cuadra, el eurofandom no compra la narrativa y toda la propuesta termina haciendo aguas.

Para colmo de males, su staging eurovisivo será recordado como uno de los más absurdos de los últimos años de España en el Festival, y sólo recibe 6 puntos en el marcador, quedando en el 24º puesto. La puñalada final llega con el replanteamiento, en apenas unos meses, que RTVE hace de toda la marca eurovisiva: Benidorm, el tercer puesto de Chanel y su buen trabajo en Turín hacen aún más sombra al anterior representante.

5 años de espera desde el álbum debut

Eurovisión ha sido el primer punto a analizar porque es clave para entender el segundo: los dos años de inacción eurovisiva de Blas Cantó le pasan enorme factura. Hasta el 29 de julio de 2021 no ve la luz un nuevo tema, ‘Americana‘, que parece arrancar la promo de su siguiente era. La tibia acogida al single -tampoco nefasta, ahora suma 6 millones en Spotify combinando la versión en solitario con la de Echosmith– frena de nuevo el comeback y no es hasta un año después que se publica ‘El Bueno Acaba Mal’.

Después se suceden algunos singles más, pero falta otro año completo para que vea la luz ‘El Príncipe’. Una pausa, finalmente, de cinco años entre discos que Blas Cantó paga carísima: el público ha desconectado de su primer proyecto y ha encontrado otros perfiles a los que entregar sus escuchas. A todo ello, como decíamos en el punto anterior, no ayuda en absoluto la pésima imagen que deja tras no sólo su resultado en Eurovisión, sino su gestión mediática y musical del asunto.

El cambio de público

El otro gran problema del comeback de Blas también lo provoca el lapso de tiempo entre discos: en ese paréntesis, Blas Cantó inicia un proceso de sanación mental que busca recomponerlo tras las ausencias familiares y la debacle profesional aún contenible por entonces. Cuando vuelve, las cosas han cambiado: en ‘Americana‘ aún conserva algún tinte de su debut, pero a Blas se le intuye más positivo, más pop, más colorista, más performático y con mayor artificio. Vuelve con ganas de dejar el blanco y negro de ‘Complicado‘ a espaldas. Y el de su momentum en general.

Ese giro argumental se acentúa mucho más cuando se publica ‘El Bueno Acaba Mal’: el single no cuadra en absoluto con su sonido previo y lo intenta posicionar como estrella puramente pop. Es un single que tiene una pretensión shady, divertida y algo canalla. Todo lo que él nunca fue de cara al público.

Y ahí descoloca a todo el mundo. La gente que podría recibir bien el lanzamiento nunca ha estado interesada en Blas Cantó. Y la gente que sí lo ha estado no entiende de qué va toda la vaina. Porque el sonido que llenaba los teatros y arrastraba a gente a las tiendas no era el de ‘Drunk & Irresponsible’, sino el de ‘Si Te Vas’ o ‘Él No Soy Yo’. Y su nueva era es bastante más drunk y más irresponsible que la anterior.

El público que lo veía como un Alejandro Fernández más juvenil desconecta por completo del proyecto. Los fans de Dua Lipa y Troye Sivan no ven en Blas el artista que su música anuncia. La canción tiene mucha más chicha que su intérprete. Y tampoco conectan. Así, ‘Él No Soy Yo’ suma más de 50 millones en Spotify. ‘El Bueno Acaba Mal’, unos cinco. La primera es aún su tercer tema más popular en la plataforma; la segunda queda justo por debajo siendo años más reciente.

La ausencia de hits

Y esos números nos llevan a la problemática más evidente de ‘El Príncipe’ y toda esta segunda era: el disco llega sin hits a espalda. El álbum anterior mobilizó escuchas con mucha más facilidad más allá del focus single del proyecto. Los temas que lo siguieron arrastraron suficiente público. En el caso del segundo disco, después de ‘El Bueno Acaba Mal’, las cosas han ido cuesta abajo. ‘Marte‘ no alcanzaba el millón, ‘A Fuego’ no llega al medio y el disco ve la luz acompañado de ‘Las Cosas Claras’, que ni toca las 300k escuchas.

A ‘El Príncipe’ le falta el as bajo la manga. Porque con el lastre de singles poco funcionales, daba la sensación de que veía la luz por verla. Porque ya estaba ahí y había que lanzarlo. El dúo con Carmen Deleón que lo apoyaba en la salida era un movimiento vaguísimo, a todas luces no tenía el potencial de salvavidas que necesitaba el trabajo en su semana de publicación.

No ha habido hits y eso que la radio tampoco se ha cerrado en banda a Blas (y con ello sus playlists, más importantes que el radioplaying en sí, ahora mismo): ‘El Bueno Acaba Mal’ estuvo tres meses en rotación y llegó al #12 y ‘Marte‘ también tuvo apoyo, aunque más puntual, entrando al #45 de lo más pinchado del país.

El arte de ‘El Príncipe’

El último factor a tener en cuenta es uno que muchas veces pasamos por alto: el hecho de que el arte de un trabajo también motiva más o menos a su consumo, tanto en formato físico como en digital. Y con ‘El Príncipe’ hay algo que no cuadra: las carátulas de los singles, y el sonido de al menos dos ellos, presentaban a un Blas reformulado en el color y el espíritu uptempo y juvenil. El disco lo muestra fantasmagórico, tétrico, de nuevo con un aura extraña entre la niebla y el estar medio oculto.

Y precisamente cuando a ‘El Príncipe’ le faltaba ese boost, el hecho de que la mayor parte de la portada la ocupen una espesa niebla, una tela blanca y un ¿grafitti? no ayudan. El nombre de Blas aparece minúsculo. Su cara también, lejos y entre sombras. Hay una tremenda desconexión entre los presentado en los temas, el supuesto mood de Cantó y la portada de ese disco, triste y lúgubre.

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