Miley ha vuelto con nuevo single, tras una campaña rápida y basada en la sorpresa por dos motivos: el hecho de que su comeback se anunciara y publicara en cuestión de días y el hecho de que, en el camino, se dejara el apellido guardado en un armario. Su padre, por si las moscas, salía a apoyar el cambio en redes justificando que a Miley se la reconoce sin apellido, igual que a Cher —después hablaremos de esto, porque la referencia está muy bien traída—.
Bass Persuades, título del álbum y del single en cuestión, se recibía con entusiasmo en Stan Twitter, generalmente porque disparaba en la diana del público de más de treinta, que es el que más reaccionaba al single. Sin embargo, dos días después de su lanzamiento, Bass Persuades perdía el top 200 de Spotify. Una lista que, a pesar de estar plagada de canciones nostálgicas y virales en TikTok, aún guarda un espacio de tiempo de más de 48 horas para un nuevo lanzamiento de peso.
Sí, todavía hay margen de que Bass Persuades pueda remontar y las tornas cambien, pero realmente no es un buen augurio que las primeras jornadas hayan dejado a Miley más pelada que un hermano Matamoros en cuestión de streaming. Mi pensamiento ahora pasa por ver qué es lo que ha fallado para que este single haya pinchado. Al menos de primeras.
Referencias a los 2010s, pero sin sus hooks
Miley ha vuelto referenciando a la primera Lady Gaga, al pop dosmildiecero machacón, al tiempo que tiene la vista puesta en propuestas de Britney Spears o Madonna. La idea de dibujar esto como “el gran comeback de una gran estrella” está bien tirada, pero a Bass Persuades le falta la contundencia de los hits en los que tiene la mirada puesta.
El estribillo queda flojo, con un gancho que en 2011 hubiera sido más el puente que el propio estribillo. La canción avanza y es disfrutona, saboreable, pero si estamos mirando atrás tenemos que olvidar más el espíritu de no molestar que tiene el pop actual y molestar. Molestar un montón. Barroquismo pop-dance. Till The World Ends. Judas. Girl Gone Wild. En Bass Persuades existe un mood de querer sonar a bofetada que te dispara a la pista de baile, pero Miley termina dándote la mano para ir a la cola del baño.
Miley, más icono que popstar
Miley Cyrus tiene una cara y una cruz clarísima en su moneda de celebrity. Sus fracasos no la dañan como sí le ocurre a Katy Perry o a Sam Smith, esencialmente porque el aura de Miley a nivel mediático es de estrella multidisciplinar. Ella es un valor seguro en alfombra roja. Su aparición en algún evento es evento en sí mismo. Si actúa en una gala, es noticiable. Si actúa, modela o da una entrevista, acapara titulares. Y volvemos a la comparativa con Cher que hizo Billy Ray Cyrus: Miley es ese tipo de artista que está por encima de sus hits y sus flops. Va a seguir ahí independientemente de ellos. Y con sumar un hit de cuando en cuando se revaloriza todo el catálogo. Es el perfil de celebrity al que los flops le resbalan por la espalda y acaban no existiendo. ¿Alguien recordaba, al publicarse Flowers, que Miley dejó a medio publicar un proyecto de varios EPs? Exacto. Sin embargo, cuando Jennifer Lopez volvía con On The Floor, todo el mundo recordaba que venía de una racha de resbalones de la que salía con aquello.
La desconexión con el público generalista como popstar
El, más o menos, pánico escénico que vive Miley Cyrus, por el que sus performances se cuentan con los dedos de una mano en los últimos años —otro factor que ha aportado misticismo a toda esta fórmula—, ha terminado también haciendo daño al impacto inmediato que tiene con el público. Sí, para Stan Twitter su regreso es aún noticiable, pero para el público generalista no lo es tanto. Ella está un poco siempre ahí, pero no existe el concepto de “comeback” per se.
Miley no ha salido de gira —ni parece que vaya a hacerlo pronto—, sus acercamientos al público han tenido un carácter un tanto elitista —recordemos aquel meet & greet carísimo en el que los fans pensaron, por algún motivo, que ella presentaría temas durante la era Something Beautiful— o aquel evento junto a Naomi Campbell en el que tuvo una actitud bastante reprochable con los asistentes.
A esto hay que sumarle el bandazo de género que ha supuesto Bass Persuades: tras años de dibujarse como una Debbie Harry de nueva era, Miley se ha tirado a los brazos del dance-pop. Sí, conserva la energía de la personalidad que le conocíamos, pero la coreografía, el visual y la vibra de todo el proyecto nos llevan más a una Dua Lipa que a la Miley Cyrus de Midnight Sun.
Te gusta, te encanta, te flipa.