Hace unos días, el Benidorm Fest confirmaba que había recibido cerca de 1.000 propuestas para la siguiente edición. Unos números que se publicaban con la premisa de reforzar que el formato sigue vivo y fuerte, pero como siempre, dependerá de cuántos de ese millar de temas resultan salvables y presentables en una gala televisiva que sigue buscando ser evento y consiguiéndolo… según el año.

Sin el empuje eurovisivo, la tensión narrativa y batallas eurofans y los meses de promo posteriores, la última edición de Benidorm se ha quedado falta de hits. Ni la canción ganadora, ni las posibles apuestas exportables de Asha, Dani J o Mayo, ni el appeal más nicho de Luna Ki, ni el fenómeno fan de Miranda! ayudaron a mover al público generalista.

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Benidorm tiene, por ende, y mientras no se confirme la vuelta de RTVE al festival de la canción europeo —más o menos— el reto por delante de confirmarse como evento. Televisivo y musical, porque si bien funciona modestamente bien en ambos sentidos, no despunta realmente en ninguno. Y uno de los problemas que ha tenido históricamente es que ha querido empezar la casa por el tejado.

Benidorm ha manejado siempre un mensaje grandilocuente: motor de la industria, festival de la música española, referente… sin haberse dado tiempo a convertirse en nada de eso. Ese tipo de declaraciones suenan a artista debutante que se planta delante de ti con todo su look de estrella y su sonido rebuscadísimo a decirte “este es mi verdadero yo”. Amor, tu yo acaba de empezar. Dale tiempo.

Y en esa grandilocuencia, en ese despliegue en ocasiones imposible, el 10 de mayo RTVE confirmaba en D Corazón el festival Benidorm Summer Fest, que, en teoría, llevaría a varios artistas de los últimos cinco años a protagonizar un festival veraniego en Benidorm. El ayuntamiento hablaba de ello y confirmaba estar trabajando con el ente público en que tuviera lugar, pero fue cuando RTVE se atrevía a confirmarlo que entornábamos los ojos en una señal de “más vale que lo tengan más o menos atado”.

No solo por lo ambicioso de crear un festival con artistas que tampoco han hecho demasiado ruido post-Benidorm (aunque confío en el efecto eurofan para llenarlo en cualquier caso, a una escala media), sino porque volvemos a que un giro en los planes —como parece evidente a 21 de agosto sin noticias sobre estos planes— termine convirtiendo Benidorm Fest en carne de meme.

Justo lo que menos necesita en el momento de pretendida remontada. La edición de 2027 llegará con curvas y esperemos que, desde el tocar más césped y apuntar más a objetivos factibles, salve los muebles y siga dando pasos adelante. El pasado año supuso una mejora muy notable a muchos niveles. No nos desviemos.