Eurovisión Junior, el Eurovisión infantil sin niños ni espíritu juvenil

Eurovisión Junior, el Eurovisión infantil sin niños ni espíritu juvenil

Trece años después de su último paseo por la versión Junior de Eurovisión, España ha vuelto al Festival con Melani y ‘Marte’, que ha terminado en 3ª plaza de la clasificación. Cuando la elección interna de Melani tuvo lugar, nos quejábamos de la excesiva infantilización de la niña en sus apariciones en medios, pero bien es cierto que con el paso de las semanas ha ido consiguiendo definirse más como adolescente -lo que es- y menos como niña de peluches y vestidos imposibles.

Sin embargo, visto el panorama al final de la gala, hemos echado de menos algún peluche y algún vestido de volantes imposibles. La mínima referencia a que los que estaba allí subidos eran, realmente, niños. Eurovisión Junior no ha contado con un sólo niño en su escenario: todo han sido miniaturas de adultos que no podrían tener un menor encanto de cara al público infantil.

Es más, nos encantaría saber qué audiencia ha cosechado la emisión entre los niños de entre 4 y 16 años, porque nos jugamos el cuello a que ha sido bastante más baja que la del rango de adultos. Eurovisión Junior es el típico programa que verían los abuelos para ver participar a sus nietos, pero este año habrían quedado igualmente espantados por lo poco salado de los concursantes: la mayoría, salidos de factorías tipo ‘La Voz Kids’, llegaban al escenario a quedar de profesionales, a demostrar que sabían imitar a sus ídolos adultos. Sus ritmos, sus bailes, sus miradas a cámara. De todo, excepto el buen rollo y diversión que se le debería intuir al concurso. Un desfile de niños de Juan y Medio con canciones pensadas para el mismo público que se engancha el fin de semana a la película de sobremesa de Shannen Doherty.

La gala, tan oscura y repleta de imaginario nocturno como la versión senior, apenas contó con un puñado de candidaturas que levantaran los ánimos: Francia, Armenia y Países Bajos tenían algún objetivo de cara al público de la edad correcta, pero el resto, el resto rezumaban treintañerismo por los poros. La muchacha de Macedonia con sus 43 años, y la de Gales, subida a una plataforma, que era básicamente Carlota Corredera un jueves tarde. Por no hablar del chiquillo de Georgia con una canción que parecía salida de un álbum de Presuntos Implicados en 1997. El clásico pre-púber que escucha jazz-pop soso.

Para colmo de males, la semana pre-eurovisiva ha transcurrido con polémica por el televoto. A quién había que votar para beneficiar al propio país, cómo utilizar el televoto para salir bien parados de la tabla final… de nuevo, el debate en manos de los adultos, porque a nadie le importaba que los niños no debieran participar en ese juego de la competitividad, que deberían ir más allí como escaparte, dejando los resultados como algo secundario. Más aún de lo que ocurre en el de adultos, el Junior debería ser una herramienta de unión entre países.

Pero la sobriedad de este año no ha dejado que se sienta así: muestra de ello, que apenas un par de niños hayan sonreído durante su actuación, mientras que apenas otro par interactuaban con el público para animarlo. Todo medido, todo perfecto, todo afinado, coreografiado y bien realizado… todo lo contrario de lo que se espera de unos niños de esa edad.

Un Eurovisión Junior que debería desaparecer si realmente no tiene intención de conquistar al público infantil. El adulto no debería ser centro de los mensajes y candidaturas, porque para esto está precisamente el Eurovisión de toda la vida. Una vez más, nos preguntamos si el regreso de España a esto ha sido un acierto o un error.

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