Si algo no se le puede achacar a Soraya es falta de compromiso con sus lanzamientos, desde luego. Si ella se pone melódica, no habrás visto mayor halo de invitada de Fiesta en tu vida. Si se pone latina, temblarán los cimientos del Perú porque ella arrastrará toda la Gloria de la punta de su Trevi. Y si se entrega al dance, la verás en modo Paloma Cuesta afectada por la pastilla gay.
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Y a Dios gracias, de cara a su nuevo álbum, que se publicará el 13 de febrero, ha elegido ser esto último. Que realmente es lo que mejor se le da, porque ella en el pop te pone el filete a freír, ¿pero en el dance-pop? En el dance-pop te monta la barbacoa, despieza a la vaca, coloca las chuletas, sirve el menú y se hace el traje de Gaga con los sobrantes. Ella no desperdicia. Ella va a por todo.
Y entra en fase barroca, que si me preguntan, es cuando sale la mejor Soraya: la Soraya que vuelve a cabrearse por Twitter a la mínima mención de chinos mariquitas más señoras que las señoras que encuentre, la Soraya que graba vídeos bailando espitosa en un plano picado. La Soraya que, como en su nuevo vídeo, tiene un pie en el Party Fiesta y otro en el puro aesthetic.
En Soy Real, que rebaja la efervescencia LSD de Fénix pero le pone los pies en un terreno más firme que el de su anterior single, Dance Or Die, Soraya aparece convertida en ser mitológico de espacio nevado. Poco nevado, pero nevado. Ella todo: la máscara bucal, las prótesis, el maquillaje teatral, el efecto Madonna en Frozen… lo dicho, se entrega al barroquismo y lo vive como ninguna otra.
Deja un tema pop que evidencia que en la época Ilúmina (sic) está mejor en español que en inglés. Incluso cuando pronuncia “estreias” y “eias”, porque el fonema elle en esta época brilla tanto por su ausencia como el minimalismo.
Será tu rollo si: No tomas café a partir de las 16:00 porque te pones como una moto; el último disco que te compraste en formato físico fue Miss Sánchez; escuchas Europa FM.