Poco se está hablando del bajón de popularidad de Harry Styles este año, porque el artista sigue manteniendo números de listas —y, sobre todo, de ticketing— solventes, pero la realidad es que la era Kiss All The Time. Disco, Occasionally no está saliendo tan redonda como la de sus predecesores.
El disco arrancó estupendamente tirando de base fan, pero tras vender cerca de un millón global en el primer mes, desapareció completamente del radar internacional, quedándose estancado en las cifras y dependiendo, esencialmente, de sus resultados en el Reino Unido. En singles, es cierto que American Girls ha recibido algo de mejor aceptación que Aperture, pero tampoco parece que Dance No More vaya a ser el salvavidas de la era. Por ahora. Las cosas así, el objetivo pasaba a ser convencer con la gira.
Y tampoco está ocurriendo: tras un disco que no se deja oír demasiado —qué cosa más pretenciosa y artsy-fartsy con el perfil que Styles tiene, la verdad—, el artista ha llegado con un tour que… no se puede ver. Literalmente. El escenario está diseñado para que Styles se mueva por toda la pista, no por motivos artísticos sino, seamos sinceros, para poder crear cuatro huecos que cobrar como entradas VIP a precios desorbitados. El diseño del escenario impide que la gente que está cerca del mismo consiga ver nada si no es cuando Styles está tremendamente cerca de ellos. E incluso estando más lejos, se pierde la experiencia del 80% de los visuales, que ocurren en una pasarela imposible de ver desde la pista.
La única forma de disfrutar del show completo es desde las gradas, a más distancia pero al menos con una visión global de lo que está ocurriendo. Tampoco es demasiado, ya os lo digo: el concierto se basa en colorines en las pantallas y Styles correteando de un lado para otro —ahora entendemos que se hiciera tantas maratones—. Pocos tours de estadios con tan poquísima ambición como este recordamos, la verdad.
Para alguien que ha querido resultar tan ‘artista’ en su disco, lo estrictamente capitalista que ha sido en directo. Ya lo siento por aquellos que se han dejado más de 300 euros por ver un trozo de pantalla gigante y un telar.